Más allá del muro
Más allá del muro
José Manjón
Por José Manjón
En julio del 99 paseaba el que esto escribe por el centro de Sofía; frente al desgarbado palacio de los Coburgo se alzaba un pequeño templete neoclásico: era el mausoleo de Georgi Dimitrov, el padre del comunismo búlgaro y el hombre que puso en ridículo a la propaganda nazi durante el proceso por el incendio del Reichstag en 1934. Las blancas columnas del monumento estaban pintadas con las siglas y lemas de la VMRO, la vieja organización nacionalista de principios de siglo. Poco tiempo después, los Chicago boys que mandan en Sofía trataron de realizar una voladura controlada del viejo símbolo comunista. La catarsis democrática sería total: hacer añicos un monumento rojo repleto de soflamas fascistas. Se colocaron las cargas, se llamó a las autoridades y al cuerpo diplomático, se provocó la explosión controlada... Y el monumento aguantó. Dos veces más se repitió el intento y el empecinado edificio se negó a caer... El pueblo de Sofía, empobrecido, desesperado y cínico, empezó a acudir a las voladuras para contemplar el milagro y pitorrearse del poder de los cartuchos purificadores y de los procónsules y cipayos de la oligarquía mundial. Uno no sabe cuantas subvenciones del FMI se han ido en derribos y desguaces, pero, por lo que vi en las ciudades, por el océano de chatarra y de fábricas abandonadas, de barriadas otrora prósperas y hoy miserables, la labor de reconstrucción democrática de Yeltsin y sus epígonos debe ser semejante a la de Tamerlán.
IS OVER...
Cuando llegué a un tétrico hotel del centro de Bucarest, abrí mi guía inglesa, un vademecum para mochileros con carné de ONG y tarjeta de crédito sin límite monetario; en ella se tranquilizaba al pijo de izquierdas sobre lo que se va a encontrar en el más bello país de la Europa danubiana; el epígrafe communism empieza con un lapidario axioma: Is over. Los fanáticos turiferarios y monaguillos del Dalai Lama pueden respirar tranquilos, Rumanía vuelve a Dios bajo la dulce férula del patriarca Teoctisto (que descubrió la perversidad intrínseca del comunismo minutos antes de que se fusilara a los Ceaucescu) y las iglesias se llenan de fieles. Los signos de la espiritualidad renacida son inequívocos: mugre, mendigos, paro, ruina de todo patrimonio público y chimeneas definitivamente apagadas para consuelo de los amantes de las focas. La hybris de Karl Marx -aquel prodigio en el que Moses Hess veía combinados a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel- ha sido castigada por Mammón, quien ha enviado a sus profetas de la OCDE para proclamar la parusía del mercado global, la anástasis de Shylock y el apocalipsis del socialismo.
EL MEJOR DE LOS MUNDOS
La memoria también resulta incómoda. Sólo sirve para encontrar arbitrariamente retazos seleccionados del pretérito: Stalin, las purgas, el gulag... Las maquinarias del remordimiento, los historiadores del Sistema, no han tardado en sacar el Libro Negro correspondiente. Ningún mundo mejor que la Open Society, fuera de ella sólo hay barbarie, y no faltan los doctores Pangloss en las cátedras y tribunas del pensamiento único. Stalin fue terrible por comunista, no por tirano. Pedro el Grande, un Stalin del XVIII, fue igual o peor; pero era un hombre de Occidente, un déspota simpático que adoraba Holanda y los regalos de Inglaterra. Nadie escribirá su libro negro; sin embargo, Petersburgo está cimentada sobre los cadáveres de los infortunados que la construyeron. Las purgas y el gulag estremecen con sus horrores y su vergüenza. Sin embargo, no nos preguntamos por qué se llenan de hambre y plagas los campos de Asia y África. ¿No es una purga sórdida y disimulada la hiperinflación que arruina a los pocos empleados del Este? ¿No lo es la caída del PNB (en las repúblicas de la antigua Unión Soviética apenas llega al 55% del de 1990)? ¿O no es otro gulag el aumento de pobres en Rusia de un 4% en 1994 a un 32 % en 1998? En la Santa Rusia, el neoliberalismo y el resurgir de la ortodoxia han disminuido la esperanza media de vida masculina de 62 años (1980) a 58 (1995). El Paraíso cada vez queda más cerca de estos santos varones, ¿Se predijo esto en Fátima?. Reaparecen con el capitalismo la tuberculosis, la polio y la difteria, erradicadas en la negra época del materialismo marxista. Los gastos de educación en las antiguas repúblicas soviéticas han descendido en más de un cincuenta por ciento. La ONU informa de que 9'7 millones de personas han perecido entre 1991 y 1998, sobre todo en Rusia y en Ucrania, debido a la deserción política del Estado, a la falta de ayudas y compasión de los amos neocapitalistas y de sus políticas de choque (EL PAÍS, 12 de septiembre de 1999). Mammón está sediento de nuevos sacrificios humanos.
SÍMBOLOS
Eso sí, todo símbolo totalitario (a excepción del dólar) está expresamente prohibido en los viejos países del Pacto de Varsovia. Pero el alcalde de Sofía no puede evitar que permanezca en el centro de la ciudad el monumento al vesánico Ejército Rojo, el mismo que con su heroísmo y sacrificio venció a los nazis en Leningrado, Kursk y Stalingrado. El basamento está lleno de pintadas que nadie se molesta en borrar, pero todavía alguien ha podido pintarrajear: Nato fuck off. Entre las bellezas arrebatadoras de Sighisoara -una perla carpática que espero que ningún agente de turismo descubra-, unas sencillas lápidas con su estrella de bronce nos recuerdan a los soldados rusos que murieron por Rumanía. El vandalismo neoliberal prefiere entretenernos con los excesos de Ceaucescu (nombrado sir por la Reina de Inglaterra) y lo estúpido de su gobierno. Sin embargo, Rumanía conoció un régimen similar: el Rey Carol II (1930-1940) y el patriarca Miron Cristea gobernaron a su desgraciado país con los mismos métodos que Ceaucescu; pero Carol fue más listo: abandonó el Bucarest con su amante, robó la colección de Grecos del Palacio y entregó el país a Hitler. Después, pasó en Portugal un dorado exilio. Su hijo Miguel (1940-1947), que todavía colea, sirvió con idéntica deslealtad al Tercer Reich y a la Unión Soviética, y no le tembló el pulso a la hora de legitimar la ejecución de todo aquel que le estorbase. Hoy, la derecha mundial quiere restaurar en el trono a tan egregio demócrata.
DAMNATIO MEMORIAE
Los romanos maldecían con la damnatio memoriae o interdicción del recuerdo, a todos los emperadores que eran derrocados. Hoy, la televisión y demás lavadoras de cerebros también manipulan y retocan los hechos con el mismo cinismo que la célebre Enciclopedia Soviética. Ya nadie se acuerda de los años sesenta, de la frustrada década de Jruschev, cuando la URSS estuvo muy cerca de igualar el nivel de desarrollo europeo. En 1965, época en la que la Unión Soviética empezó a padecer una fatal esclerosis, todo parecía indicar que los países del Este llegarían a niveles europeos de bienestar con unos servicios sociales superiores. A nadie le parecía absurdo aquello. Hoy, lo que nos asombraría sería que alcanzaran el nivel de hace treinta años.
LA SOCIEDAD ABIERTA
En 1983, trece de cada diez mil rusos se suicidaban. Hoy lo hacen sesenta y seis. Otra brillante conquista del libre mercado. En Tarnovo, la ciudad más bella e histórica de Bulgaria, un ingeniero de telecomunicaciones ejercía de proxeneta en los cafés. En los trenes rumanos, al hablar con la gente simpatiquísima que tanto abunda por allí, uno se informa de las miserables tragedias cotidianas, de la triste manera que tienen muchos de ganarse un poco de pan. En los años setenta, un ciudadano del Este tenía todo tipo de servicios sociales gratuitos, sobre todo una educación de calidad regalada por el Estado, ese monstruo. Los bienes eran escasos debido, sobre todo, a la absurda economía de guerra que la gerontocracia de Moscú impuso; si en aquellos días se hubiese frenado el gasto militar, en estas fechas la historia transcurriría de un modo muy diferente. Pero desde 1956, cuando obreros húngaros comunistas se sublevaron contra el estalinismo en nombre de la libertad y de la independencia, hasta 1968, cuando la oportunidad de edificar un comunismo democrático por los checos fue aplastada de nuevo por los tanques soviéticos, el socialismo se empecinó en el camino suicida de negar la libertad y la discusión y en mantener la agobiante noche estaliniana. Los intereses de la nueva clase, la nomenklatura, traicionaron a la vieja idea. Los valedores de la dialéctica no se supieron acoplar a su ritmo. Y la Historia les aplastó. Pero la inmensa transformación de los países del Este en naciones modernas, el surgimiento masivo de una clase media que los oligarcas de hoy se empeñan en proletarizar, la victoria sobre el Eje y las conquistas científicas, deportivas, artísticas y sociales del comunismo (que también las hubo, sólo que Maiakovski, Sholojov, Eisenstein, Prokofiev y demás han sido ninguneados) acabarán por brillar por encima del triste momento actual.
