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¡Socialismo o barbarie!

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31 Octubre 2006

La Unión Soviética en guerra: 1941-1945

La Unión Soviética en guerra: 1941-1945

En 2005 se cumplió el sexagésimo aniversario del final de la IIª Guerra Mundial en Europa (Japón capituló unos meses más tarde, el día 2 de septiembre). El ocho de mayo de 1945 el gobierno alemán, encabezado por el almirante Karl Dönitz, se rindió incondicionalmente ante las tropas soviéticas que habían conquistado Berlín. El día anterior la rendición había tenido lugar ante las tropas estadounidenses. Una semana antes, el 30 de abril, Hitler se había suicidado en el búnker de la Cancillería. Finalizaba de esta forma una guerra que había costado 50 millones de muertos y destrucciones masivas en numerosos países. Había sido la guerra más sangrienta de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, a pesar de la hecatombe demográfica, la Segunda Guerra Mundial se considera el paradigma de la guerra justa, una “guerra que había que ganar”, como titulan su libro los historiadores Williamson Murray y Allan Millet.

A diferencia de la Primera Guerra Mundial, convertida en el símbolo de guerra imperialista, los sacrificios de la segunda contienda mundial se han considerado absolutamente necesarios, puesto que se trataba de liberar al mundo de la barbarie fascista. Ese carácter antifascista dota a esta guerra de un especial significado.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y los aniversarios se suceden, la tergiversación de los hechos históricos es cada vez más notoria. La versión que ha prevalecido es la de una guerra ganada por los Estados Unidos. Si preguntásemos en la calle, al azar, a un grupo de personas sobre Normandía, la inmensa mayoría nos respondería de esta forma: fue un desembarco estadounidense que permitió vencer a los nazis. Pero si a este mismo grupo les preguntásemos sobre Stalingrado, el cerco de Leningrado o la batalla de Kursk, muy pocos sabrían contestar.

Nos encontramos con la paradoja de que la Unión Soviética, que fue el país que más sacrificios soportó y el que contribuyó decisivamente a la victoria, hoy ha quedado relegada a un segundo plano. Y la explicación es evidente. El anticomunismo visceral de los años de la “Guerra Fría” ocultó cualquier hecho que pudiese favorecer el prestigio de la URSS. A esta versión distorsionada ha contribuido de manera muy especial el cine de Hollywood. Hemos visto infinidad de películas estadounidenses sobre la Segunda Guerra Mundial, pero prácticamente ninguna soviética.

Se hace necesario, pues, como en tantos otros temas, recuperar la verdad histórica y volver a difundir y explicar lo que en su momento fue una certeza indudable: que la URSS fue el país que ganó la guerra en el escenario europeo.

El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia y dos días después Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial había comenzado. En la primavera de 1941 Hitler es dueño de Europa. Los ejércitos alemanes han ocupado Polonia, Noruega, Dinamarca, la Francia atlántica, Grecia y Yugoslavia, Cuentan, además, con la alianza de Italia, Hungría, Bulgaria, Rumania y Eslovaquia, y algunos países oficialmente neutrales, como Suecia y España, colaboran activamente con los nazis. Sólo el Reino Unido resiste, sometido a bombardeos y al bloqueo de la guerra submarina. Es ahora cuando Hitler decide acometer su gran objetivo militar, que no es otro que el del capitalismo alemán: la conquista de la Unión Soviética, país que permanecía neutral desde la firma del Pacto germano- soviético el 23 de agosto de 1939.

El 22 de junio de 1941 un gigantesco ejército de 5 millones de soldados, en el que se incluyen fuerzas húngaras, rumanas, finlandesas e italianas, inició el ataque contra la URSS. En los tres primeros meses de lucha los soviéticos sufrieron continuas derrotas y los alemanes ocuparon las repúblicas bálticas, Bielorrusia, Moldavia y casi toda Ucrania. A pesar de las enormes pérdidas, la Unión Soviética resistió, y fue esa resistencia la que impidió que Hitler ganara la guerra. Si Stalin se hubiese rendido, como en junio de 1940 hizo el gobierno francés, los nazis habrían controlado las gigantescas reservas de materias primas del país, así como innumerables fábricas e instalaciones industriales. Con ese potencial económico en sus manos, no es difícil aventurar que el gobierno británico no hubiese podido continuar la lucha, pactando algún tipo de acuerdo con Alemania. No es exagerado afirmar que la tenacidad en la lucha del pueblo soviético fue trascendental para el curso de la guerra.

En los siguientes años vendrían las decisivas victorias soviéticas: Stalingrado (noviembre de 1942-febrero de 1943), Kursk (5-13 de julio de 1943), la ruptura del cerco de Leningrado (enero de 1944) y tantas otras. A la altura de 1944 era evidente que el ejército soviético estaba en situación de ganar la guerra con sus propias fuerzas y liberar toda Europa después de haber expulsado a los alemanes del suelo ruso. Fue entonces cuando los Estados Unidos decidieron abrir un segundo frente y desembarcar en Normandía. Se trataba de frenar la influencia de la Unión Soviética y controlar, por otra parte, los fuertes movimientos de resistencia dirigidos por los comunistas que operaban en Francia e Italia. Cuando la guerra ya estaba ganada, los problemas políticos pasaron a primer término. La liberación de toda Europa por parte de las fuerzas armadas soviéticas habría significado un durísimo golpe para el capitalismo a escala mundial, y la burguesía inglesa y norteamericana estaban dispuestas a impedirlo. De acuerdo con esta estrategia, el ejercito norteamericano ocupó Europa occidental, mientras los soviéticos liberaban Europa oriental y llegaban a Berlín.

A la hora de efectuar un balance de la guerra, las cifras son inequívocas. La Historia es una ciencia y, como tal, trabaja con datos estadísticos que permiten un análisis objetivo de los acontecimientos históricos. Y esos datos demuestran sin ningún género de dudas que el nazismo fue derrotado por la Unión Soviética. El ejército alemán perdió el 75% de su artillería, aviación y carros de combate en el frente soviético, así como 607 divisiones, mientras que en los demás teatros de operaciones perdió 176 divisiones. Las fuerzas armadas alemanas se desangraron en el frente ruso. Pero esta victoria se logró a costa de un inmenso sacrificio. El coste humano de la URSS fue gigantesco: 27 millones de muertos, de los cuales 18 millones fueron civiles. Los nazis destruyeron 1.700 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales y 65.000 kilómetros de ferrocarril.

Cualquier otro país hubiese sucumbido, pero la Unión Soviética resistió y venció. En unas circunstancias extremadamente difíciles, la economía planificada demostró su eficacia. De las fábricas construidas durante los planes quinquenales de los años treinta salieron a lo largo de la contienda 130.900 aviones, 102.500 tanques y 489.000 cañones, superando en cantidad y calidad a la industria bélica alemana.

Causa fundamental de la victoria fue también la identificación entre el pueblo y el partido comunista. Contrariamente a la esperanza de los invasores, la población de la URSS no se levantó ni se rebeló contra el gobierno, aunque en muchas zonas, como ocurrió en el resto de Europa, hubo colaboracionismo con el ocupante. Y la victoria se debió también a la capacidad de Stalin, quien, superando los errores iniciales, supo rectificar, tomar decisiones adecuadas y dejar una amplia iniciativa a los oficiales del Estado Mayor.

En una escena de “La historia oficial”, una magnífica película sobre la dictadura argentina del director Luis Puenzo, la protagonista, profesora de Historia, discute con sus alumnos sobre un determinado acontecimiento político de la Argentina del siglo XIX. Ella les reprocha que su versión de los hechos no está registrada en los libros ni existen pruebas que la refrenden. Pero un alumno responde: “no hay pruebas porque la historia la escriben los asesinos”. Y desgraciadamente es así. En un noventa por ciento la historia está escrita por las clases dominantes y el resultado es una historia oficial plagada de mentiras, ocultaciones y medias verdades. Como en el caso que nos ocupa.

En este sexagésimo aniversario recordamos a todos los que lucharon y murieron combatiendo contra el fascismo. Para ellos, nuestra admiración, respeto y agradecimiento. Pero el mejor homenaje que podemos dedicarles es enfrentarnos a cualquier manifestación de fascismo y trabajar incansablemente para restablecer la verdad histórica.

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