Categoría: URSS
31 Octubre 2006
Mucho se ha escrito y debatido sobre la represión estalinista. Se aportaron cifras estrambóticas que hablaban de entre 40 y 60 millones de represaliados durante los años de su gobierno. Finalmente aparecieron cifras merecedoras de credibilidad: 4.060.306 personas condenadas, por actividad contrarrevolucionaria y otros crímenes de estado especialmente peligrosos durante los años 1921-1953, a diferentes penas (pena máxima, reclusión en campos, cárceles, otras medidas). 799.455 personas fueron condenadas a muerte. (Archivo Estatal de la Federación Rusa. Carpeta clasificada 1. Fondo 9401. Informe 4175. Folios 201-205).
Se podría pensar que ya no tiene sentido repetir estas cifras por todos conocidas. Sin embargo resulta, que en ciertas publicaciones la explicación que de ellas se hace es demasiado original, por no decir falsa. Así por ejemplo, en la revista “Archivos nacionales” (1992, Nº2), en el artículo del candidato a doctor en historia V.P.Popov, bajo el título “Terror de estado en la Rusia soviética en los años 1923-1953. (Fuentes y su interpretación)”, en la página 20 podemos leer: “No debía quedar en el estado proletario ninguna persona ajena al miedo y la represión, por cuanto estos constituían los cimientos del sistema”. Se desprende de esto que solo el miedo obligaba a los “stajanovianos” a serlo, solo el miedo empujaba al guardafronteras Karatsupu a arriesgar a vida atrapando a los que violaban las fronteras en tiempos de paz, y el miedo obligaba durante la guerra a A. Matrosov a situarse en una aspillera, y solo el miedo obligaba a Zoya Kosmodemyanskaya a unirse a los partisanos…
Enumerar todos los ejemplos de sacrificio personal y heroísmo de las gentes soviéticas es imposible. Pero a los Popov y a muchos como él, no les vas a demostrar con eso que la gente estaba dispuesta a sacrificarse, no por miedo, sino por amor a su patria soviética y a su pueblo. Claro que aún podemos llegar a entender a gente como Popov. En esos años estaba de moda burlarse del poder soviético y sus líderes, al tiempo que con ello se hacían méritos para conseguir el título de catedrático.
Lo que es del todo incomprensible, es que en el 2006, cuando estamos ya hartos de “disfrutar” de todos los logros del capitalismo “democrático”, en el “Sovietskaya Rossia”, un comunista, Igor Bobuir, en su artículo “Un comunista sobre el culto”, nos salga con la misma cantinela sobre el miedo, que “de forma premeditaba pretendía imponer Stalin, sacrificando inclusive a algunos de sus compañeros de armas en nombre de ese “miedo”. (“Sovietskaya Rossia” Nº 41-42. 15 de abril de 2006).
El miedo por supuesto existía. Pero lo padecían los que dañaban o se prestaban a dañar el poder soviético, aquellos que no podían soportar el socialismo. La gente que trabajaba de buena fe para el bien del estado proletario y socialista, y estos eran la aplastante mayoría, no tenía ningún tipo de miedo.
Para llegar a entender las causas que provocan las variaciones en el número de condenados por los crímenes señalados, es necesario situar las cifras en el periodo histórico en el que se dieron. Probemos a hacerlo.
En 1921 cuando todavía continuaba la lucha con los restos de los guardias blancos, atamanes (jefes cosacos) y basmachanes (elementos contrarrevolucionarios en Asia Central. N de la T.), el número de condenados ascendió a 35.829 personas.
En 1922, la cantidad de condenados se reduce drásticamente (casi en seis veces) y supone 6.009 personas, mientras que en 1923 baja hasta los 4792. Cabe señalar que esto coincide precisamente con la llegada de I.V. Stalin a la secretaría general del CC del partido bolchevique. En 1924 el número de condenados asciende hasta los 12.425. En años sucesivos la progresión fue ascendente, llegando en 1929 a las 56.220 personas.
Este aumento en el número de condenados, se puede achacar fundamentalmente a la muerte de Lenin. Los enemigos del poder soviético decidieron que el estado soviético, habiendo perdido a su dirigente y organizador, no podría hacer frente al empuje de las fuerzas contrarrevolucionarias, que aprovecharon para multiplicar su actividad en la lucha contra el poder soviético.
El proceso de colectivización del campo (1929-1932) implicó un aumento de las actividades contrarrevolucionarias en las zonas rurales, lo que condujo a un fuerte incremento en el número de condenados (1930- 208.069 personas; 1931- 180.696 personas; 1932- 141.919 personas; 1933- 239.664 personas).
En 1934 el número de represaliados descendió a 78.999 personas.
Los años 1935-1936 coinciden con el abandono definitivo de la nueva política económica y la liquidación de las empresas con capital privado, lo que de nuevo trajo aparejado un incremento de las actividades contrarrevolucionarias y el consiguiente aumento en el número de condenados (1935-267076 personas; 1936- 274670 personas).
Se podría pensar que en esos años, la mayoría de los enemigos del socialismo de “dejaron ver” en sus actividades contra el poder soviético, y que en años sucesivos, el número de condenados por actividades contrarrevolucionarias iría en descenso. Pero ocurrió justamente lo contrario. En los años 37-38 se produce un salto cualitativo en el número de casos. Lo cierto es que no he encontrado en la prensa una explicación a esta escalada, aunque sin duda debe haberla.
En mi opinión, la explicación a este aumento significativo se encuentra en la aprobación de la nueva Constitución de la URSS, el 5 de diciembre de 1936.
En la Constitución de 1924 no encontramos ninguna referencia a la propiedad sobre los medios de producción y la explotación del hombre por el hombre. Solo se mencionaba que el estado unificado era soviético y socialista. No podía ser de otro modo: en 1924 en plena aplicación de la NEP, se permitía el comercio privado, las pequeñas empresas capitalistas y el arriendo de pequeñas industrias y de la tierra bajo control estatal, etc.
En 1936 la situación económica había variado, especialmente en los dos años anteriores, lo que encontró reflejo en la Constitución de 1936. Para no hacer perder tiempo al lector buscando el texto de la Constitución, citaré aquí dos de sus artículos:
“Artículo 4. La base económica de la URSS la forman el sistema socialista de producción y la propiedad socialista sobre los medios de producción, consolidados como resultado de la liquidación del sistema capitalista de producción, de la eliminación de la propiedad privada sobre los medios de producción y la supresión de la explotación del hombre por el hombre”.
“Artículo 9. Junto con el sistema de producción socialista, forma de producción dominante en la URSS, la ley permitirá las pequeñas haciendas de campesinos y el trabajo individual de artesanos, que excluyan la explotación del trabajo ajeno”.
Estos y otros artículos similares en la ley fundamental del estado acabaron con las esperanzas de retorno al viejo sistema capitalista de producción, que todavía albergaba la gente partidaria de la propiedad privada sobre los medios de producción y la explotación del hombre por el hombre. Por eso, de estar a la espera, pasaron a la lucha activa contra el poder soviético. Como resultado, el número de condenados por actividades contrarrevolucionarias en 1937 se multiplicó por 3 en comparación con 1936, llegando a las 790.665 personas, descendiendo en el año siguiente a las 554.258 personas. En 1939 el número de condenados descendió ya hasta los 63.889. En los años siguientes, las cifras de represaliados se mantuvieron estables en torno a los 70-80 mil, con la excepción de 1942 y la posguerra de 1945-46, en que el número de condenados superó los 120 mil, mientras que en 1952 había descendido hasta los 28.800.
El aumento del número de condenas en los años 42, 45 y 46, demuestra que muchos enemigos del poder soviético, que habían permanecido inactivos en tiempos de paz, en los años de la guerra se pudieron permitir enseñar su verdadero rostro, cometiendo todo tipo de sabotajes tanto en el frente como en la retaguardia, sirviendo a la policía hitleriana y en otras divisiones armadas de los ocupantes, entregándose voluntariamente como prisioneros.
Los veteranos que combatieron recuerdan como la munición que les llegaba no era del calibre requerido, cómo caían los aviones, cuyos depósitos de reserva habían sido llenados con agua, en lugar de combustible, y numerosos casos de sabotaje similares.
El estudio de la variación en el número de represaliados en los diferentes años permite comprender las causas de esas variaciones, que no se explican por la voluntad de una persona, que a fin de cuentas dirigía el partido y no el Soviet de comisarios populares. El Soviet de comisarios populares en 1931-40 lo dirigía Molotov.
Sería cuando menos ingenuo pensar que en aquellos años el poder soviético no tenía enemigos dentro del país y que estos no luchaban contra el mismo con todos los medios a su alcance. De no ser por la represión de aquellos años, la contrarrevolución se habría producido no en 1991-93, sino a finales de los años 20, principios de los 30, poniendo la victoria en bandeja a la Alemania fascista en el 41.
El gobierno obrero y campesino debía defender sus conquistas, y las defendió. En cuanto dejó de defenderlas no hubo que esperar mucho para ver como el gobierno dejaba de ser obrero y campesino, para convertirse en burgués.
servido por stalingrado43
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31 Octubre 2006
Lecciones de Octubre
El 25 de octubre de 1917 (fecha del antiguo calendario juliano ruso y 7 de noviembre según el calendario gregoriano occidental) los bolcheviques, con el apoyo de la clase obrera y la guarnición de Petrogrado, derrocaron el gobierno de Kerensky y tomaron el poder en Rusia, un país de 22 millones de kilómetros cuadrados y 150 millones de habitantes. No fue un golpe de estado, como ahora se difunde insidiosamente, sino una revolución de masas. Fue el inicio de una revolución que cambió el mundo. Aunque la Unión Soviética dejó de existir en 1991 y el extenso grupo de países que en su momento implantaron el socialismo ha quedado reducido a una mínima expresión, la luz de Octubre llega hasta nuestros días y aún se escuchan sus ecos.
¿Qué queda en el año 2005 de esa revolución que aterrorizó a la burguesía y entusiasmó a los trabajadores? ¿Qué ha sobrevivido de ese 25 de Octubre que puso en pie a los parias del mundo?. Aparentemente, nada. Y ese es el mensaje que difunden los propagandistas y voceros de la burguesía. La desintegración de la URSS y la vuelta al capitalismo en Rusia y en los países del este de Europa vendrían a demostrar el fracaso histórico de cualquier experiencia anticapitalista. El socialismo firmó su acta de defunción en 1991. Fin de la historia.
Pero nada más lejos de la realidad que los deseos de los intelectuales orgánicos de la oligarquía. La revolución rusa vive en la memoria histórica de los trabajadores, por más que historiadores sin escrúpulos, periodistas obedientes y tertulianos de todo pelaje se dediquen a tiempo completo a intentar sepultarla en el olvido, arrojando fango y difamaciones sobre Lenin y los bolcheviques. A ochenta y ocho años vista de aquel asalto a los cielos que tuvo como escenario Petrogrado, las lecciones de Octubre siguen presentes.
La revolución de 1917 demostró en la práctica que era posible una alternativa al capitalismo. Hasta ese momento, el socialismo era la teoría de Marx, Engels y Lenin encerrada en sus libros, ensayos y artículos, pero los bolcheviques convirtieron esa teoría en realidad visible y concreta. Los trabajadores y campesinos de Rusia fueron capaces de levantar un nuevo orden económico, social y político sin burguesía ni propiedad privada de los medios de producción. Haciendo frente a dificultades gigantescas, difíciles de imaginar desde la distancia de tantos años, se hicieron dueños de su propio destino y demostraron que otro mundo era posible. Y si entonces fue posible, también puede serlo hoy, porque la miseria, la explotación y la barbarie no sólo no han desaparecido de la faz de la Tierra, sino que se incrementan día a día.
El fin de la URSS no ha clausurado el ciclo de revoluciones socialistas. Ha terminado una experiencia concreta desarrollada en unas condiciones hostiles. En la larga lucha de la clase obrera por su emancipación hay períodos de avance y de retroceso; fases de auge revolucionario y de reflujo contrarrevolucionario; momentos de agudización de luchas sociales y momentos de repliegue; guerra de movimiento y guerra de posiciones. Desde 1991 el movimiento obrero y popular ha sufrido derrotas a escala mundial, pero la derrota es también una escuela de aprendizaje de la que surgirá inevitablemente una nueva oleada revolucionaria. El socialismo sigue siendo posible; es más, es el único camino para evitar la barbarie a la que nos conduce el capitalismo.
El marxismo continúa plenamente vigente como método de análisis de la realidad e instrumento teórico de la acción revolucionaria. Es un bisturí para diseccionar la sociedad y formular una política correcta en la lucha contra el capitalismo. El abandono del marxismo por parte de los partidos comunistas les ha conducido a la indigencia teórica y al desastre político. No fue por casualidad que el partido bolchevique condujera a las masas a la victoria. Su praxis revolucionaria fue la consecuencia de la teoría revolucionaria que nunca abandonó. Es una lección que no pueden olvidar los verdaderos comunistas.
Como también es una lección que la economía planificada convirtió a la atrasada Rusia en una potencia mundial. Los economistas neoliberales intentan ridiculizar los logros económicos conseguidos por la URSS, pero lo cierto es que un país que en 1917 se encontraba entre los más atrasados de Europa, que fue arrasado por cuatro años de guerra mundial (1914-1917) y tres de guerra civil (1918-1920), fue capaz de derrotar a la Alemania nazi y, a pesar de sus gigantescas pérdidas, salir de la segunda Guerra Mundial con un potencial militar, científico y técnico equiparable al de Estados Unidos.
A menudo escuchamos que una revolución como la bolchevique no es posible en el mundo actual. ¡Vaya descubrimiento! Ningún acontecimiento histórico se repite de forma mimética porque las circunstancias se modifican. Pero los palacios de invierno siguen ahí y los habitan nuevos zares. Lenin dijo refiriéndose a la revolución rusa: “Hemos empezado nosotros. No importa dónde , cuándo ni qué trabajadores o en qué país sean los que finalicen este proceso, lo verdaderamente importante es que se ha roto el hielo, , se ha trazado la senda, el camino está libre”. Esa es efectivamente la gran lección del Octubre ruso. Abrió un camino que aún estamos recorriendo. No será sencillo. Está lleno de dificultades y sacrificios. Pero no hay otra alternativa. El socialismo es la única opción de supervivencia para el género humano.
servido por stalingrado43
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31 Octubre 2006
Más allá del muro
José Manjón
Por José Manjón
En julio del 99 paseaba el que esto escribe por el centro de Sofía; frente al desgarbado palacio de los Coburgo se alzaba un pequeño templete neoclásico: era el mausoleo de Georgi Dimitrov, el padre del comunismo búlgaro y el hombre que puso en ridículo a la propaganda nazi durante el proceso por el incendio del Reichstag en 1934. Las blancas columnas del monumento estaban pintadas con las siglas y lemas de la VMRO, la vieja organización nacionalista de principios de siglo. Poco tiempo después, los Chicago boys que mandan en Sofía trataron de realizar una voladura controlada del viejo símbolo comunista. La catarsis democrática sería total: hacer añicos un monumento rojo repleto de soflamas fascistas. Se colocaron las cargas, se llamó a las autoridades y al cuerpo diplomático, se provocó la explosión controlada... Y el monumento aguantó. Dos veces más se repitió el intento y el empecinado edificio se negó a caer... El pueblo de Sofía, empobrecido, desesperado y cínico, empezó a acudir a las voladuras para contemplar el milagro y pitorrearse del poder de los cartuchos purificadores y de los procónsules y cipayos de la oligarquía mundial. Uno no sabe cuantas subvenciones del FMI se han ido en derribos y desguaces, pero, por lo que vi en las ciudades, por el océano de chatarra y de fábricas abandonadas, de barriadas otrora prósperas y hoy miserables, la labor de reconstrucción democrática de Yeltsin y sus epígonos debe ser semejante a la de Tamerlán.
IS OVER...
Cuando llegué a un tétrico hotel del centro de Bucarest, abrí mi guía inglesa, un vademecum para mochileros con carné de ONG y tarjeta de crédito sin límite monetario; en ella se tranquilizaba al pijo de izquierdas sobre lo que se va a encontrar en el más bello país de la Europa danubiana; el epígrafe communism empieza con un lapidario axioma: Is over. Los fanáticos turiferarios y monaguillos del Dalai Lama pueden respirar tranquilos, Rumanía vuelve a Dios bajo la dulce férula del patriarca Teoctisto (que descubrió la perversidad intrínseca del comunismo minutos antes de que se fusilara a los Ceaucescu) y las iglesias se llenan de fieles. Los signos de la espiritualidad renacida son inequívocos: mugre, mendigos, paro, ruina de todo patrimonio público y chimeneas definitivamente apagadas para consuelo de los amantes de las focas. La hybris de Karl Marx -aquel prodigio en el que Moses Hess veía combinados a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel- ha sido castigada por Mammón, quien ha enviado a sus profetas de la OCDE para proclamar la parusía del mercado global, la anástasis de Shylock y el apocalipsis del socialismo.
EL MEJOR DE LOS MUNDOS
La memoria también resulta incómoda. Sólo sirve para encontrar arbitrariamente retazos seleccionados del pretérito: Stalin, las purgas, el gulag... Las maquinarias del remordimiento, los historiadores del Sistema, no han tardado en sacar el Libro Negro correspondiente. Ningún mundo mejor que la Open Society, fuera de ella sólo hay barbarie, y no faltan los doctores Pangloss en las cátedras y tribunas del pensamiento único. Stalin fue terrible por comunista, no por tirano. Pedro el Grande, un Stalin del XVIII, fue igual o peor; pero era un hombre de Occidente, un déspota simpático que adoraba Holanda y los regalos de Inglaterra. Nadie escribirá su libro negro; sin embargo, Petersburgo está cimentada sobre los cadáveres de los infortunados que la construyeron. Las purgas y el gulag estremecen con sus horrores y su vergüenza. Sin embargo, no nos preguntamos por qué se llenan de hambre y plagas los campos de Asia y África. ¿No es una purga sórdida y disimulada la hiperinflación que arruina a los pocos empleados del Este? ¿No lo es la caída del PNB (en las repúblicas de la antigua Unión Soviética apenas llega al 55% del de 1990)? ¿O no es otro gulag el aumento de pobres en Rusia de un 4% en 1994 a un 32 % en 1998? En la Santa Rusia, el neoliberalismo y el resurgir de la ortodoxia han disminuido la esperanza media de vida masculina de 62 años (1980) a 58 (1995). El Paraíso cada vez queda más cerca de estos santos varones, ¿Se predijo esto en Fátima?. Reaparecen con el capitalismo la tuberculosis, la polio y la difteria, erradicadas en la negra época del materialismo marxista. Los gastos de educación en las antiguas repúblicas soviéticas han descendido en más de un cincuenta por ciento. La ONU informa de que 9'7 millones de personas han perecido entre 1991 y 1998, sobre todo en Rusia y en Ucrania, debido a la deserción política del Estado, a la falta de ayudas y compasión de los amos neocapitalistas y de sus políticas de choque (EL PAÍS, 12 de septiembre de 1999). Mammón está sediento de nuevos sacrificios humanos.
SÍMBOLOS
Eso sí, todo símbolo totalitario (a excepción del dólar) está expresamente prohibido en los viejos países del Pacto de Varsovia. Pero el alcalde de Sofía no puede evitar que permanezca en el centro de la ciudad el monumento al vesánico Ejército Rojo, el mismo que con su heroísmo y sacrificio venció a los nazis en Leningrado, Kursk y Stalingrado. El basamento está lleno de pintadas que nadie se molesta en borrar, pero todavía alguien ha podido pintarrajear: Nato fuck off. Entre las bellezas arrebatadoras de Sighisoara -una perla carpática que espero que ningún agente de turismo descubra-, unas sencillas lápidas con su estrella de bronce nos recuerdan a los soldados rusos que murieron por Rumanía. El vandalismo neoliberal prefiere entretenernos con los excesos de Ceaucescu (nombrado sir por la Reina de Inglaterra) y lo estúpido de su gobierno. Sin embargo, Rumanía conoció un régimen similar: el Rey Carol II (1930-1940) y el patriarca Miron Cristea gobernaron a su desgraciado país con los mismos métodos que Ceaucescu; pero Carol fue más listo: abandonó el Bucarest con su amante, robó la colección de Grecos del Palacio y entregó el país a Hitler. Después, pasó en Portugal un dorado exilio. Su hijo Miguel (1940-1947), que todavía colea, sirvió con idéntica deslealtad al Tercer Reich y a la Unión Soviética, y no le tembló el pulso a la hora de legitimar la ejecución de todo aquel que le estorbase. Hoy, la derecha mundial quiere restaurar en el trono a tan egregio demócrata.
DAMNATIO MEMORIAE
Los romanos maldecían con la damnatio memoriae o interdicción del recuerdo, a todos los emperadores que eran derrocados. Hoy, la televisión y demás lavadoras de cerebros también manipulan y retocan los hechos con el mismo cinismo que la célebre Enciclopedia Soviética. Ya nadie se acuerda de los años sesenta, de la frustrada década de Jruschev, cuando la URSS estuvo muy cerca de igualar el nivel de desarrollo europeo. En 1965, época en la que la Unión Soviética empezó a padecer una fatal esclerosis, todo parecía indicar que los países del Este llegarían a niveles europeos de bienestar con unos servicios sociales superiores. A nadie le parecía absurdo aquello. Hoy, lo que nos asombraría sería que alcanzaran el nivel de hace treinta años.
LA SOCIEDAD ABIERTA
En 1983, trece de cada diez mil rusos se suicidaban. Hoy lo hacen sesenta y seis. Otra brillante conquista del libre mercado. En Tarnovo, la ciudad más bella e histórica de Bulgaria, un ingeniero de telecomunicaciones ejercía de proxeneta en los cafés. En los trenes rumanos, al hablar con la gente simpatiquísima que tanto abunda por allí, uno se informa de las miserables tragedias cotidianas, de la triste manera que tienen muchos de ganarse un poco de pan. En los años setenta, un ciudadano del Este tenía todo tipo de servicios sociales gratuitos, sobre todo una educación de calidad regalada por el Estado, ese monstruo. Los bienes eran escasos debido, sobre todo, a la absurda economía de guerra que la gerontocracia de Moscú impuso; si en aquellos días se hubiese frenado el gasto militar, en estas fechas la historia transcurriría de un modo muy diferente. Pero desde 1956, cuando obreros húngaros comunistas se sublevaron contra el estalinismo en nombre de la libertad y de la independencia, hasta 1968, cuando la oportunidad de edificar un comunismo democrático por los checos fue aplastada de nuevo por los tanques soviéticos, el socialismo se empecinó en el camino suicida de negar la libertad y la discusión y en mantener la agobiante noche estaliniana. Los intereses de la nueva clase, la nomenklatura, traicionaron a la vieja idea. Los valedores de la dialéctica no se supieron acoplar a su ritmo. Y la Historia les aplastó. Pero la inmensa transformación de los países del Este en naciones modernas, el surgimiento masivo de una clase media que los oligarcas de hoy se empeñan en proletarizar, la victoria sobre el Eje y las conquistas científicas, deportivas, artísticas y sociales del comunismo (que también las hubo, sólo que Maiakovski, Sholojov, Eisenstein, Prokofiev y demás han sido ninguneados) acabarán por brillar por encima del triste momento actual.
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31 Octubre 2006
La Unión Soviética en guerra: 1941-1945
En 2005 se cumplió el sexagésimo aniversario del final de la IIª Guerra Mundial en Europa (Japón capituló unos meses más tarde, el día 2 de septiembre). El ocho de mayo de 1945 el gobierno alemán, encabezado por el almirante Karl Dönitz, se rindió incondicionalmente ante las tropas soviéticas que habían conquistado Berlín. El día anterior la rendición había tenido lugar ante las tropas estadounidenses. Una semana antes, el 30 de abril, Hitler se había suicidado en el búnker de la Cancillería. Finalizaba de esta forma una guerra que había costado 50 millones de muertos y destrucciones masivas en numerosos países. Había sido la guerra más sangrienta de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, a pesar de la hecatombe demográfica, la Segunda Guerra Mundial se considera el paradigma de la guerra justa, una “guerra que había que ganar”, como titulan su libro los historiadores Williamson Murray y Allan Millet.
A diferencia de la Primera Guerra Mundial, convertida en el símbolo de guerra imperialista, los sacrificios de la segunda contienda mundial se han considerado absolutamente necesarios, puesto que se trataba de liberar al mundo de la barbarie fascista. Ese carácter antifascista dota a esta guerra de un especial significado.
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y los aniversarios se suceden, la tergiversación de los hechos históricos es cada vez más notoria. La versión que ha prevalecido es la de una guerra ganada por los Estados Unidos. Si preguntásemos en la calle, al azar, a un grupo de personas sobre Normandía, la inmensa mayoría nos respondería de esta forma: fue un desembarco estadounidense que permitió vencer a los nazis. Pero si a este mismo grupo les preguntásemos sobre Stalingrado, el cerco de Leningrado o la batalla de Kursk, muy pocos sabrían contestar.
Nos encontramos con la paradoja de que la Unión Soviética, que fue el país que más sacrificios soportó y el que contribuyó decisivamente a la victoria, hoy ha quedado relegada a un segundo plano. Y la explicación es evidente. El anticomunismo visceral de los años de la “Guerra Fría” ocultó cualquier hecho que pudiese favorecer el prestigio de la URSS. A esta versión distorsionada ha contribuido de manera muy especial el cine de Hollywood. Hemos visto infinidad de películas estadounidenses sobre la Segunda Guerra Mundial, pero prácticamente ninguna soviética.
Se hace necesario, pues, como en tantos otros temas, recuperar la verdad histórica y volver a difundir y explicar lo que en su momento fue una certeza indudable: que la URSS fue el país que ganó la guerra en el escenario europeo.
El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia y dos días después Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania. La Segunda Guerra Mundial había comenzado. En la primavera de 1941 Hitler es dueño de Europa. Los ejércitos alemanes han ocupado Polonia, Noruega, Dinamarca, la Francia atlántica, Grecia y Yugoslavia, Cuentan, además, con la alianza de Italia, Hungría, Bulgaria, Rumania y Eslovaquia, y algunos países oficialmente neutrales, como Suecia y España, colaboran activamente con los nazis. Sólo el Reino Unido resiste, sometido a bombardeos y al bloqueo de la guerra submarina. Es ahora cuando Hitler decide acometer su gran objetivo militar, que no es otro que el del capitalismo alemán: la conquista de la Unión Soviética, país que permanecía neutral desde la firma del Pacto germano- soviético el 23 de agosto de 1939.
El 22 de junio de 1941 un gigantesco ejército de 5 millones de soldados, en el que se incluyen fuerzas húngaras, rumanas, finlandesas e italianas, inició el ataque contra la URSS. En los tres primeros meses de lucha los soviéticos sufrieron continuas derrotas y los alemanes ocuparon las repúblicas bálticas, Bielorrusia, Moldavia y casi toda Ucrania. A pesar de las enormes pérdidas, la Unión Soviética resistió, y fue esa resistencia la que impidió que Hitler ganara la guerra. Si Stalin se hubiese rendido, como en junio de 1940 hizo el gobierno francés, los nazis habrían controlado las gigantescas reservas de materias primas del país, así como innumerables fábricas e instalaciones industriales. Con ese potencial económico en sus manos, no es difícil aventurar que el gobierno británico no hubiese podido continuar la lucha, pactando algún tipo de acuerdo con Alemania. No es exagerado afirmar que la tenacidad en la lucha del pueblo soviético fue trascendental para el curso de la guerra.
En los siguientes años vendrían las decisivas victorias soviéticas: Stalingrado (noviembre de 1942-febrero de 1943), Kursk (5-13 de julio de 1943), la ruptura del cerco de Leningrado (enero de 1944) y tantas otras. A la altura de 1944 era evidente que el ejército soviético estaba en situación de ganar la guerra con sus propias fuerzas y liberar toda Europa después de haber expulsado a los alemanes del suelo ruso. Fue entonces cuando los Estados Unidos decidieron abrir un segundo frente y desembarcar en Normandía. Se trataba de frenar la influencia de la Unión Soviética y controlar, por otra parte, los fuertes movimientos de resistencia dirigidos por los comunistas que operaban en Francia e Italia. Cuando la guerra ya estaba ganada, los problemas políticos pasaron a primer término. La liberación de toda Europa por parte de las fuerzas armadas soviéticas habría significado un durísimo golpe para el capitalismo a escala mundial, y la burguesía inglesa y norteamericana estaban dispuestas a impedirlo. De acuerdo con esta estrategia, el ejercito norteamericano ocupó Europa occidental, mientras los soviéticos liberaban Europa oriental y llegaban a Berlín.
A la hora de efectuar un balance de la guerra, las cifras son inequívocas. La Historia es una ciencia y, como tal, trabaja con datos estadísticos que permiten un análisis objetivo de los acontecimientos históricos. Y esos datos demuestran sin ningún género de dudas que el nazismo fue derrotado por la Unión Soviética. El ejército alemán perdió el 75% de su artillería, aviación y carros de combate en el frente soviético, así como 607 divisiones, mientras que en los demás teatros de operaciones perdió 176 divisiones. Las fuerzas armadas alemanas se desangraron en el frente ruso. Pero esta victoria se logró a costa de un inmenso sacrificio. El coste humano de la URSS fue gigantesco: 27 millones de muertos, de los cuales 18 millones fueron civiles. Los nazis destruyeron 1.700 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales y 65.000 kilómetros de ferrocarril.
Cualquier otro país hubiese sucumbido, pero la Unión Soviética resistió y venció. En unas circunstancias extremadamente difíciles, la economía planificada demostró su eficacia. De las fábricas construidas durante los planes quinquenales de los años treinta salieron a lo largo de la contienda 130.900 aviones, 102.500 tanques y 489.000 cañones, superando en cantidad y calidad a la industria bélica alemana.
Causa fundamental de la victoria fue también la identificación entre el pueblo y el partido comunista. Contrariamente a la esperanza de los invasores, la población de la URSS no se levantó ni se rebeló contra el gobierno, aunque en muchas zonas, como ocurrió en el resto de Europa, hubo colaboracionismo con el ocupante. Y la victoria se debió también a la capacidad de Stalin, quien, superando los errores iniciales, supo rectificar, tomar decisiones adecuadas y dejar una amplia iniciativa a los oficiales del Estado Mayor.
En una escena de “La historia oficial”, una magnífica película sobre la dictadura argentina del director Luis Puenzo, la protagonista, profesora de Historia, discute con sus alumnos sobre un determinado acontecimiento político de la Argentina del siglo XIX. Ella les reprocha que su versión de los hechos no está registrada en los libros ni existen pruebas que la refrenden. Pero un alumno responde: “no hay pruebas porque la historia la escriben los asesinos”. Y desgraciadamente es así. En un noventa por ciento la historia está escrita por las clases dominantes y el resultado es una historia oficial plagada de mentiras, ocultaciones y medias verdades. Como en el caso que nos ocupa.
En este sexagésimo aniversario recordamos a todos los que lucharon y murieron combatiendo contra el fascismo. Para ellos, nuestra admiración, respeto y agradecimiento. Pero el mejor homenaje que podemos dedicarles es enfrentarnos a cualquier manifestación de fascismo y trabajar incansablemente para restablecer la verdad histórica.
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